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Descripción de la construcción

Castillo de Cañete o de Alvaró de Luna.

El castillo de Cañete alza sus ruinosos paredones a 1170 metros de altura, sobre la cumbre del áspero cerro que domina la población y a más de 80 metros de desnivel sobre la Plaza Mayor. Es un buen ejemplar de castillo roquero, de planta topográfica adaptada al terreno aprovechando los estratos de caliza. Sus dimensiones son formidables: más de 200 metros de longitud por unos 20 de anchura máxima, lo que lo convierten en una de las fortalezas más grandes de la región. Se orienta de noroeste a sudeste, y su imagen asemeja la de un buque de aguzado perfil. Por su ubicación, tamaño y capacidad defensiva es una estructura fortísima, capaz de sostener un largo asedio dando cobijo a una guarnición numerosa. El castillo muestra cuatro recintos sucesivos: una albacara o zona de refugio externa y tres recintos internos con diversas funciones residenciales, militares y de almacenamiento. Se encuentra en estado de ruina progresiva.

Responde perfectamente al tipo de castillo roquero, extendido en planta topográfica sobre una larga ceja de caliza jurásica estratiforme de buzamiento casi perpendicular.

En superficie edificada es uno de los mayores castillos de la región: suma algo más de 200 metros de longitud por 20 de anchura máxima.

Por su ubicación y capacidad defensiva es una estructura fortísima, capaz de sostener un largo asedio dando cobijo a una guarnición numerosa.

Por el momento, a la falta de prospecciones arqueológicas dentro del recinto, no es posible retrotraer con certeza su origen más allá del periodo islámico, aunque su posición es muy apetecible y probablemente estuviese ocupada ya desde un momento histórico muy anterior.

Morfológicamente, como fortaleza de inspiración árabe, corresponde al tipo de alcazaba de recinto múltiple (al-qsaba), muy común en la Península Ibérica a partir del s. IX, aunque parece claro que la fortaleza cañetera fue ampliándose a lo largo del tiempo siguiendo la ceja rocosa y sin un plan original claro, que explica alguna de las disfunciones de los elementos en el complejo final.

Por la distribución de aspectos defensivos e ingresos, mucho menos evolucionados que la muralla de la población, se puede especular con un origen anterior, quizás de finales del siglo IX o de principios del X, que más tarde se fue ampliando hasta dar origen al complejo actual.

Presenta reformas de todas las épocas. Fue reparado varias veces a lo largo de la Edad Media, y remozado y abaluartado durante las Guerras Carlistas.

Presenta cuatro recintos consecutivos, que se reducen a tres funcionalmente, pues el segundo y el cuarto, comunicados subterráneamente, cumplían los mismos cometidos.

El primer recinto, o albacar, presenta una amplia superficie desnuda en la que no parece apreciarse otra construcción que la muralla circundante, que es la de más baja altura de toda la fortificación, estando sustancialmente bien conservada (en algún punto aún presenta los merlones originales). Este recinto estaría probablemente dedicado a cobijar a la población y ganados en caso de que la muralla exterior fuese traspasada por el enemigo, y normalmente no se lo consideraría estrictamente parte de la alcazaba. En su extremo conecta con la muralla de la villa, que desciende la ceja rocosa haciendo una serie de magníficos quiebros. La puerta de entrada es muy sencilla y tosca.

Desde el albacar, una amplia puerta permite el paso al segundo recinto. Este portón, monumental, ha perdido sus arcos de herradura originales y toda su decoración, y se encuentra en avanzado estado de ruina. A su derecha, una gran cortina de muro cierra la ceja en toda su anchura, comenzando la fortaleza propiamente a partir de ella. Este gran murallón fue reedificado y reforzado en varias ocasiones, presentando en su parte superior varios metros de anchura.

El segundo recinto albergaba las caballerías (a la izquierda), herrerías, el patio interior de armas y, bajo él, varios grandes subterráneos probablemente destinados a almacenes, armerías y aljibes. Todas las dependencias soterradas fueron vaciadas en la roca caliza, aprovechando la estratificación favorable.

El tercer recinto estaba formado por las áreas residenciales y su sistema defensivo. Para ingresar en el corazón de la fortaleza, el atacante debía franquear una primera puerta protegida por una torre, atravesar una estrecha pasarela tallada en la roca sobre el farallón y finamente habérselas con una segunda puerta, protegida a su vez por dos torres. No es extraño que con semejante sistema defensivo el castillo de Cañete, por lo que sabemos, nunca pudo ser expugnado en toda su historia conocida.

De la zona residencial, estructura sin duda de considerable altura (obligó a reforzar cimientos) y probablemente rehecha en algún momento tras la anexión cristiana, no podemos conocer apenas nada. De la avanzada ruina sólo se han preservado muros quebrantados, apuntes de ventanas y parte de los subterráneos (destinados a paso al cuarto recinto, almacenes y mazmorras). Todo el resto (que debería ascender quizás hasta unos 10-15 metros de altura) ha desaparecido, y sus escombros tapizan las laderas. Con su pérdida, junto con el desmochamiento de las torres secundarias, el castillo ofrece desde el valle un aspecto desolado, de muros mezquinos aferrados a la piedra. Sin embargo, cuando el conjunto completo estuvo en servicio, coronado acaso por su corseras de matacanes bajomedievales, sus merlones y catafalcos de madera, la estampa guerrera debía ser impresionante.

Un pasillo subterráneo, hoy cegado, permitía la comunicación entre el segundo y el cuarto recinto sin necesidad de subir a la zona noble. En el cuarto recinto se reproducían las funciones del segundo: almacenes, alojamientos para la tropa, aljibes... Finalmente, culminando en su longitud la enorme fábrica, un pequeño recinto -casi un castillo por sí solo- cubría la continuación de la ceja. Más allá, en la altura vecina, una fuerte torre albarrana impedía que desde allí pudiesen plantarse ingenios que causasen daño a la fortaleza.   


Información

Historia


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Ficha Técnica


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